24/10/11



"Emplea horas enteras 
simplemente en observar tus ideas, 
tus hábitos, tus apegos y tus miedos, 
sin emitir juicio ni condena de ningún tipo. 
Limítate a mirarlos y se derrumbarán". 

Anthony de Mello



Por lo general tenemos una tendencia a observarnos bien desde una perspectiva crítica y negativa, bien desde una perspectiva totalmente hedonista e irrealista. Muchas veces acabamos siendo esclavos de una perspectiva u otra. Dependemos de lo que vemos o esperamos de nosotros mismos y lo, que es peor, acabamos dándole todo el poder a nuestras ideas, creencias y valores cuando pueden tener mucha importancia pero no la suficiente para que nuestra vida y felicidad dependan de ellas.

A lo largo de la historia nos hemos amargado mutuamente la existencia por defender a muerte nuestros ideales y creencias. Sin darnos cuenta hemos sembrado terror, inseguridad, dolor e incluso muerte. Por defender, por ejemplo, nuestra fe en Dios, nuestra creencia en Él, que es amor, hemos cogido es estandarte del odio y hemos aniquilado a pueblos y civilizaciones que no compartían nuestras creencias o ideales. La inquisición, las cruzadas o las guerras santas pueden dar buena cuenta de ello.

Pero no es cuestión de defender valores tan nobles como pueden ser los de la religión de cada uno. Hay cosas mucho más sencillas como pueden ser el deporte donde los campos de fútbol se han llegado a ser campos de batallas donde, por defender unos "colores", se han golpeados unos a otros llegando a veces a la tragedia humana. Todo por simples juegos de ganar o perder.

Si miramos de cerca a nuestras relaciones familiares ocurre otro tanto de lo mismo. La tendencia a la familia monoparental, fruto de relaciones entre padres que acaban rompiéndose por los muchos conflictos y malentendidos nos deja ver parte de la misma realidad: las relaciones humanas no son nada fácil y menos en un mundo en el que la violencia de género parece que va en aumento.

Bueno, puedo parecer un poco negativo, pero en realidad intento hacer constatar que somos un mar de contradicciones. Creemos en el Dios de la vida que nos lleva a producir muerte. Defendemos y prometemos amor eterno dejándonos llevar, muchas veces, por tonterías que llevan al enfriamiento y ruptura de relaciones que estaban llamadas a ser portadoras de vida, alegría y felicidad. Convertimos juegos y aficiones en trampas mortales que en vez de divertirnos nos hacen llorar y sufrir.

Dicen que el tiempo pone a cada cosa en su lugar. El tiempo nos aleja emocionalmente de las situaciones, y cuanto más lejos estemos más claro lo vemos, más objetivos somos, más libres nos sentimos y más flexibles actuamos. ¡Lástima que no sepamos separarnos emocionalmente de las situaciones para verlas de forma más equilibrada, imparcial, objetiva y respetuosa de lo que los demás pueden ver, pensar o sentir de forma diferente a la nuestra.

Lo más curioso de todo es que hace mucho tiempo nos hemos visto peleando, discutiendo y luchando por cosas que, a día de hoy, nos parecen insignificantes y sin importancia.

¿Qué pasaría si, como dice Anthony de Mello, nos dedicáramos a vernos en nuestra forma de pensar, de sentir o de vivir con cierta distancia? Tal vez muchas cosas por las que nos enojamos o nos tienen estresados retomarían la importancia real que tienen: ninguna. La vida es más importante que las ideas, las creencias, los sentimientos, los valores ya que "la misma vida es el valor en sí".

Alejarnos lo suficiente de los problemas y de las situaciones que nos desquician nos ayudarán, como al pintor, a ver la realidad desde una perspectiva mucho más amplia y rica. Nos permitirá ver que la la vida y la misma felicidad están más allá de un sólo color y matiz. La vida y la felicidad se funden en todo el cuadro que sólo se aprecia y valora por lo que es, sin interferencia alguna de ideas, valores, sentimientos o creencias.


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